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El hombre-dios es incapaz de controlar a un bichito que no llega a la categoría de célula

Ginés García Beltrán, obispo de Getafe

El hombre todopoderoso, el hombre dios, huye despavorido presentando su cara más insolidaria, un egoísmo que puede hacer más daño que el virus

Joaquín Díaz Atienza

La gran revolución biomédica del siglo XX ha sido la edición del genoma. Estamos a punto de  conocer las profundidades del funcionamiento biológico del ser humano; por qué somos como somos, por qué enfermamos, por qué sanamos. Tenemos al alcance de la mano el poder de decidir el sexo antes de nacer y el color de los ojos; el conocimiento de los complejos mecanismos moleculares de nuestro sistema inmunitario; el por qué se producen determinadas enfermedades hasta ahora desconocidas; la prescripción de fármacos conociendo a priori hasta en quiénes serán, o no, eficaces. Tanto hemos avanzado, que nos hemos convencido de que somos dioses. Nos hemos reído de la naturaleza convencidos de que todo está bajo nuestro control y al servicio de nuestros deseos o de nuestros traumas, incluyendo el ser hombre o mujer al margen de nuestra biología.

Llega un bichito, el coronavirus, que ni siquiera es capaz de sobrevivir por sí solo, necesitando de la célula, la estructura constitutiva más elemental del ser humano, para poder replicarse y pone en jaque a toda la humanidad.

En una época en la que podemos viajar por el universo o bucear en lo más elemental de los seres vivos, una simple molécula de RNA nos espeta en pleno rostro la enorme fragilidad del ser humano. Una simple molécula de RNA es capaz de llevar a la muerte al hombre posmoderno convencido de una omnipotencia que se ha hecho añicos .

Seamos humildes. No somos tan autónomos ni tan autosuficientes como pensábamos. Seremos alguien en la medida que vivimos en comunidad y en la medida que seamos solidarios los unos con los otros. Seremos alguien en la medida que seamos capaces de ver nuestra inseguridad, nuestros miedos y nuestra indefensión en los demás. Será la empatía social la única que podrá salvarnos. No será con el comportamiento egoísta de acumular alimentos, medicamentos y material sanitario, a costa de dejar a los demás sin nada, lo que nos salvará. El bichito nos atacará con comida o sin comida. Seamos justos, dejemos que todos puedan abastecerse, incluso seamos un consuelo para los más indefensos, seamos solidarios.

Y aquí entra en escena y adquiere valor algo que pasó de moda: el amor al prójimo. No hay mensaje “político” más eficiente en situaciones de crisis globales que “el amor al prójimo como a ti mismo”. Ahora es cuando adquiere todo su valor la ética personal y social que se desprende del Evangelio. En momentos como los que estamos viviendo es donde adquieren todo su significado las virtudes del que se considera cristiano. Será la fe, será la esperanza y la caridad el andamiaje sobre el que debemos edificar nuestra actuación frente a la crisis. Serán las obras de misericordia, denominadas corporales, sobre las que debemos diseñar nuestra relación con el prójimo. Aunque me temo que las hayamos olvidado, incluso algunos sentirán un cierto pudor el recordarlas y recordárselas a una sociedad que las considera algo mágico y primitivo, propio de una cultura ya superada por la ciencia, por esa ciencia que se siente incapaz de enfrentarse en tiempo real a un bichito que no llega a la categoría de célula.

Por ello, quiero terminar este post con las palabras del obispo de Getafe, Ginés García Beltrán, invitándonos a la oración, “a volver nuestra mirada a Dios, Padre nuestro, para pedir por los enfermos y por los que han muerto a causa de este virus”, porque para los que nos decimos creyentes, no es incompatible la ciencia con la oración, la fe, la esperanza y la caridad.

 

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